Cartografía de Sobremesa: el taller que convierte recetas familiares en memoria audiovisual

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Por Ivonne Cardiel, fundadora de Soy Audiovisual

Hay proyectos que nacen en un mes y proyectos que se cocinan a fuego lento, como esos moles que se heredan de generación en generación y que solo saben bien porque alguien tuvo la paciencia de dejarlos reposar. Cartografía de Sobremesa pertenece a la segunda categoría.

Llevamos más de tres años pensándolo, escribiéndolo, guardándolo en un cajón, sacándolo de nuevo cuando se abre una convocatoria de fomento cultural y volviéndolo a guardar cuando la respuesta (como suele pasar con el financiamiento gubernamental en México) tarda, se pierde o simplemente no llega. Escribo esta nota, en parte, para dejar constancia de ese proceso de resiliencia y espera.

¿Qué es cartografía de sobremesa?


El primer documento que dio origen a este laboratorio no se llamaba Cartografía de Sobremesa. Se llamaba «Madres e hijas contando historias audiovisuales», un taller dirigido a niñas de entre 11 y 17 años y a sus madres, pensado para usar el celular como herramienta de creación y para abrir un espacio donde ambas generaciones pudieran, como escribió alguna vez la artista y crítica Lorraine O’Grady, empezar por verse para poder nombrarse.

Ese primer proyecto ya contenía casi todo lo que hoy sostiene a Cartografía de Sobremesa: el cuerpo como territorio, el celular como tecnología accesible, y la convicción de que las historias de las mujeres de una familia merecen un formato propio y no solo la transmisión oral de la cocina.


De ahí surgió, con el tiempo, la idea de ampliar el foco: ya no solo madres e hijas, sino el archivo familiar completo (las recetas, los objetos, fotografías) entendido como una cartografía afectiva, un mapa vivo.


A Mirel Maldonado la conocí en la universidad, mucho antes de que existiera cualquier taller. Nuestros caminos se separaron y volvieron a encontrarse por la vía de la educación: ella se fue especializando en pedagogía y educación ambiental y terminó desarrollando su trabajo en Valladolid, Yucatán, alrededor de prácticas sostenibles y de la relación entre las personas y su entorno.

Mirel ha estado en este proyecto desde «Madres e hijas»: no como una colaboradora que se sumó sino como coautora de la idea desde su primera versión en papel. Lo que ella trae de su trabajo territorial, la escucha comunitaria, la sensibilización ambiental es tan parte de Cartografía de Sobremesa como mi propia formación en comunicación, audiovisual y cine documental.

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Así era la primra conceptualización visual del laboratorio


¿Cuáles son las bases teóricas de Cartografía de Sobremesa?


El método encuentra su punto de partida en las pedagogías del cuidado, entendiendo que el cuerpo es nuestra primera memoria y el primer territorio desde el que conocemos el mundo. En diálogo con la noción de conocimientos situados de Donna Haraway, reconocemos que aprender nunca ocurre desde una posición abstracta o neutral, sino desde cuerpos que sienten, cuidan y se relacionan con otras formas de vida y con su entorno.

Es en esas experiencias donde la memoria se encarna (embodied memory) y donde se configuran las formas en que habitamos el mundo. Desde esta perspectiva, la cocina es mucho más que un espacio para “hacer la comida”. Es un lugar donde el conocimiento circula entre generaciones a través de la práctica compartida, donde los saberes viven en las manos, en los aromas, en los ritmos y en los vínculos.


En el terreno del sonido, recurrimos a dos referencias centrales del lenguaje audiovisual. Walter Murch (el editor de sonido de Apocalypse Now y El Padrino) sostiene que el oído procesa más rápido que el ojo, que escuchamos antes de ver. Y Michel Chion nos regaló el concepto de sonido acusmático: ese sonido que se escucha sin ver su fuente y que, aun así, ya construye una escena completa en la cabeza de quien lo oye. El chispeo del aceite, el silbido de la olla exprés, la voz de una abuela que llega antes de que ella aparezca en cuadro: ahí hay memoria antes de que haya imagen


Del lado feminista, dialogamos con Carol Gilligan y su trabajo sobre la psicología del desarrollo femenino, con Cynthia Pech y su investigación sobre género, video y nuevas tecnologías en México, y con cineastas como Agnés Varda, Eva Villaseñor, Las Lindas: Melisa Liebenthal, Boletín interno de  Meri Franco Mao, Recetario de la Memoria, Tío Yim de Luna Marán, entre otras que han hecho del archivo personal y del cuerpo el primer instrumento de registro. Ninguna de ellas pretendió ser «mosca en la pared»: todas están presentes en lo que filman y esa presencia, lejos de ser un defecto, es la condición misma del documental autorreferencial que proponemos como método de trabajo.


¿Habrá más ediciones y talleres?


Esta primera edición, virtual, es apenas la punta del mapa. La pensamos junto con Mirel Maldonado como un ejercicio piloto deliberado, no como la versión definitiva del proyecto, precisamente para entender qué necesitan realmente lxs participantes cuando se enfrentan a su propio archivo familiar, qué preguntas les cuesta más responder, qué materiales previos ayudan, cuáles sobran y también qué necesitamos nosotras como facilitadoras cuando el taller ya no ocurre alrededor de una mesa física sino de una pantalla.Con esa información, la intención es abrir nuevas ediciones: algunas seguirán siendo virtuales y otras las imaginamos ya de manera presencial, retomando el formato de mesa y sobremesa que le da nombre al proyecto.

También estamos explorando una versión que cruce directamente con Serpentina, el proyecto que Mirel impulsa desde Yucatán en torno a la la sensiblización ambiental, para que las próximas cartografías no solo registren la memoria familiar, sino también la relación con las prácticas de cada territorio, reconociendo que ya hay colectivos trabajando en ello, cuya labor es de gran significado en el marco de la crisis planetaría que atravesamos

Todavía no tenemos fecha cerrada para la segunda edición, seguimos, como siempre, tocando puertas de financiamiento porque nos gustaría que fuera gratuito y accesible para todxs. La vocación del proyecto es justamente esa: no quedarse en un solo taller, sino convertirse en un método replicable que distintas comunidades puedan adaptar a su propia mesa.

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Lo que proponemos de manera práctica con Cartografía de Sobremesa.


En la práctica, el taller trabaja con recetas, objetos y fotografías familiares como detonadores narrativos. A partir de preguntas como ¿quién me enseñó esta receta?, ¿qué personas aparecen en esos recuerdos?, ¿qué emociones o sonidos la acompañan?, lxs participantes construyen videocartas íntimas, usando el celular como su primera y única herramienta de registro sin necesidad de equipo técnico complejo, sin necesidad de «saber de cine». No se trata de documentar una receta. Se trata de reconocer que cada preparación culinaria es también una forma de habitar un territorio y de mantener viva una memoria que, de otro modo, se archiva solo en el cuerpo de quien la recuerda.


Si algo he aprendido en estos tres años de insistir con este proyecto es que la memoria familiar no espera a que llegue el financiamiento. Por eso empezamos ya, aunque sea en formato virtual, aunque sea como piloto: porque la sobremesa ese momento después de comer donde se cuentan las historias que se repiten generación tras generación tampoco puede esperar.

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