Maldita: Francisca Valenzuela le pone voz a la invisibilidad del postparto

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Hay una frase que se repite en el primer año de cualquier mujer que acaba de parir: debería tomar más agua. Suena a recordatorio médico, a cuidado mínimo pospuesto entre pañales y lactancias de madrugada. Francisca Valenzuela la convirtió en videopoema y, sin planearlo del todo, en la llave de entrada a su séptimo disco.

Maldita salió el 30 de julio bajo Frantastic Records, el sello que la cantautora chilena maneja desde hace años sin depender de nadie más. Doce canciones, treinta minutos, y una decisión que atraviesa todo el proyecto: no idealizar nada. El disco abre con su tema homónimo, y ahí Valenzuela no suaviza el golpe. «Maldigo el día en que nací, maldigo el día en que parí», canta, con una crudeza que no busca consuelo inmediato. Es una frase que incomoda porque toca algo que rara vez se dice en voz alta: que la maternidad también puede maldecirse, aunque se ame al mismo tiempo.

Maldito, el álbum de lo que muchas madres no se atrevieron a decir

Ese videopoema previo, «Debería tomar más agua», alcanzó casi un millón de reproducciones en menos de una semana. El dato importa menos por la cifra que por lo que provocó: mujeres de distintos países respondiendo con sus propias historias de posparto, en un gesto casi confesional que se replicó en comentarios y capturas de pantalla. Valenzuela tocó algo que estaba ahí, esperando quién lo nombrara primero.

Musicalmente, el disco se mueve entre dos linajes reconocibles del pop hecho en español. Hay tramos donde las cajas de ritmo y cierto espíritu punk recuerdan al Clic Moderno de Charly García, esa energía de urgencia doméstica que no necesita adornos. Y hay otros, más despojados, donde asoma la honestidad casi incómoda de Aquí, el disco de Julieta Venegas: la misma voluntad de cantar lo cotidiano sin filtro, sin poesía de más.

Ahí conviven «Komorebi», «No te aburras de mí» y «Levemente infeliz», tres canciones que muestran el rango del álbum: la luz que se filtra después del caos, el cansancio de sostener una relación cuando el cuerpo ya no da más, y esa tristeza menor, casi funcional, que nadie nombra porque no alcanza a llamarse depresión. Valenzuela, además de cantautora, es la fundadora de Ruidosa, la plataforma feminista que este año recibió un Anthem Award por su trabajo en equidad de género dentro de la música latinoamericana. Ese trabajo se filtra en el disco sin volverse consigna: la política aparece en la letra, no en la pancarta.

Lo que sostiene todo esto es el cuerpo, no la metáfora. Parte del álbum se grabó en su propia casa: «Hice el álbum que necesitaba escuchar», dijo Valenzuela sobre el proceso, y se nota: el piano suena como si viniera de una sala con juguetes en el piso, no de un estudio impecable.

El cierre, «Komorebi», toma su nombre de la palabra japonesa para la luz que se filtra entre las hojas. No promete que todo mejore. Promete apenas ese destello, después del caos, que alcanza para seguir.

Queda la imagen del principio: una mujer que sabe exactamente qué necesita su cuerpo y aun así no llega a dárselo. Maldita no resuelve esa distancia. La nombra, la canta y ahí, nombrada, ya pesa un poco menos. Todavía falta ese vaso de agua. Pero al menos alguien lo dijo en voz alta.

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