cómo el vestuario de Las niñas Bien reconstruyó una época

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Hay una escena de Las niñas bien (2018) que resume por qué su vestuario ganó el Ariel. Sofía entra a un baño en plena cena, se arranca las hombreras del vestido y las tira a la basura. No hay diálogo, no hay música que subraye. Es una mujer deshaciendo su propia arquitectura.

Esa escena existe porque alguien diseñó el vestido pensando en que iba a ser destruido. Esa persona es María Annai Ramos Maza, y su trabajo en la película le valió el Ariel a Mejor Vestuario en 2019.

Quién es Annai Ramos Maza

Ramos Maza no viene del diseño de moda. Se formó en Diseño Textil con subespecialización en Diseño Industrial en la Universidad Iberoamericana, y esa formación explica bastante de cómo trabaja: piensa las prendas como estructuras, no como referencias. Se le ha atribuido el uso de la geometría analítica como herramienta para construir simultáneamente una prenda y una psicología.

Acumula más de veinte años de trayectoria repartida entre cortometraje, largometraje, series, teatro, televisión y publicidad editorial para marcas internacionales. Su método parte de pensar a los personajes desde su estructura emocional antes que desde el moodboard de época.

Además del Ariel por Las niñas bien, ha sido nominada en la misma categoría en otras ocasiones y recibió el reconocimiento La Dama de la Victoria por su trabajo en la puesta teatral Don Juan.

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Detrás de escena de Niñas Bien crédito: @Guerawear

La decisión de fondo: no hacer «los ochenta», hacer 1982

La trampa de cualquier película de época es el cliché. Los años ochenta tienen una iconografía tan reconocible —hombreras, neón, permanentes— que es fácil hacer una caricatura y llamarla reconstrucción.

El equipo de Las niñas bien, dirigido por Alejandra Márquez Abella, tomó la decisión contraria: no retratar «los ochenta» como categoría, sino un año y una clase específicos. La película transcurre en 1982, durante la devaluación del peso bajo el gobierno de José López Portillo, y entre mujeres de Lomas de Chapultepec. Eso es un universo cerrado, con reglas propias de qué se usa, qué se hereda y qué se aparenta.

Ramos Maza construyó el vestuario para esa precisión, evitando los estereotipos que el público espera de la década. El resultado es una película que se siente de 1982 sin señalarlo nunca.

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Cinco decisiones que elevan este vestuario

1. Confeccionar casi todo desde cero

Buena parte de los vestidos, camisas y trajes se hicieron a la medida en lugar de rentarse. La razón es técnica: los cortes, las caídas y las proporciones de la década no se consiguen con ropa vintage aleatoria, porque cada prenda de archivo trae su propio talle y su propio desgaste. Confeccionar permite controlar la silueta cuadro por cuadro.

2. Ropa interior de época

Es el detalle que mejor explica el nivel de exigencia del trabajo. Según el análisis publicado por Culturas de Moda, Ramos Maza insistió en que todos los personajes usaran ropa interior de los años ochenta.

Nadie la ve. Pero la lencería es lo que define dónde queda el busto, cómo cae la tela y qué forma toma el cuerpo debajo del vestido. Sin ella, la silueta traiciona la época aunque el vestido sea perfecto. Es una decisión invisible que sostiene todo lo visible.

3. Las hombreras como estructura dramática

En la primera mitad de la película, Sofía pide que le manden agregar hombreras a un vestido rojo. En la segunda, se las arranca en el baño de un restaurante y las tira.

Ese par de escenas convierte una prenda en el arco completo del personaje. Las hombreras de los ochenta eran arquitectura de poder: ensanchaban, imponían, ocupaban espacio en una sala. Ponérselas es aspiración; quitárselas es rendición. El vestuario no acompaña la historia, la cuenta.

4. El vestido rojo y la referencia Lady Di

La referencia visual del diseño fue Diana de Gales, ícono de estilo de la década. El vestido rojo de la película se construyó a partir de una página de la revista ¡Hola! en la que Lady Di aparece con una prenda similar, replicando el escote en V en la espalda que era una de sus firmas.

La elección dice algo sobre estas mujeres que ninguna línea de diálogo dice: no aspiran a verse mexicanas, aspiran a verse europeas. El clasismo también se viste.

5. Convertir el clóset de Guadalupe Loaeza en material documental

Las niñas bien está basada en los personajes de las crónicas que Guadalupe Loaeza publicó a mediados de los ochenta. Antes de ser escritora, Loaeza trabajó años en la casa de moda Nina Ricci, y parte de su paga no fue dinero: fue ropa.

El rodaje coincidió con una mudanza de la escritora, y Ramos Maza tuvo acceso a su acervo de vestidos, blusas y batas. Buena parte del vestuario de la película salió de ahí. Ilse Salas, protagonista, lo contó así en entrevista con Revista 192:

«Guadalupe, por ejemplo, guarda todos los Nina Ricci que ya no le quedan —que fueron la paga por sus años de trabajo en esa casa de moda, así que su guardarropa, que es mucho del vestuario que usamos en la película, no es poco—, pero no los puede soltar. Esas prendas representan la memoria de una parte de su vida que no está dispuesta a dejar ir.»

Aquí la decisión de diseño deja de ser estética y se vuelve documental. Loaeza escribió sobre su propia clase y esa clase la exilió: le dejaron de hablar. La ropa que sobrevivió a ese exilio es la que viste a los personajes que la expulsaron. Incorporar ese material al vestuario no es utilería, es archivo.

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Por qué ganó el Ariel

En la 61ª entrega, celebrada en junio de 2019, Las niñas bien se llevó cuatro estatuillas: Mejor Vestuario: María Annai Ramos Maza – Mejor Actriz: Ilse Salas – Mejor Música Original: Tomás Barreiro – Mejor Maquillaje: Pedro Guijarro Hidalgo

Fue una edición dominada por Roma, que ganó diez de sus quince nominaciones. Que el vestuario se escapara de esa aplanadora dice algo del consenso que generó.

La razón de fondo es que este vestuario cumple las tres cosas que un jurado busca al mismo tiempo, y pocas veces coinciden. Reconstruye un periodo con precisión verificable, incluso donde nadie mira. Construye personaje: la ropa dice de Sofía lo que Sofía jamás diría de sí misma. Y sostiene la estructura dramática: el arco de la protagonista se puede seguir mirando únicamente sus prendas, con el sonido apagado.

A eso se suma algo que ningún otro vestuario de esa edición tenía: una parte de esa ropa no era utilería, era la memoria material de una mujer

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