Qué tiene Lady Bird que enamoró a la crítica del mundo

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Hay una escena al principio de Lady Bird en la que Christine —diecisiete años, Sacramento, último año de preparatoria— se avienta del coche en movimiento para dejar de escuchar a su mamá. La escena dura segundos. Y sin embargo, cualquiera que haya sido adolescente siente algo en el pecho al verla. Reconocimiento, vergüenza ajena, o las dos cosas a la vez.

Eso es lo que hace Greta Gerwig en este filme: captura emociones que todos hemos tenido pero pocos hemos visto representadas con tanta honestidad en pantalla. Quizá por eso Lady Bird alcanzó un 99% en Rotten Tomatoes con casi 400 reseñas, un consenso crítico que la plataforma rara vez ha visto en una película de este tamaño y presupuesto. La crítica especializada no suele coincidir así. Cuando lo hace, hay algo verdadero en el centro.

Lady Bird es una película sin villanos

«No conozco a ninguna mujer que no tenga una relación compleja, hermosa y loca con su madre.»— Greta Gerwig, directora

Lo que Gerwig construyó es una película sin villanos. Marion, la madre, puede ser dura, cortante, imposible de complacer. Y también trabaja turnos dobles de enfermera para que su familia no pierda la casa. Christine puede ser egoísta, ingrata, capaz de avergonzarse de todo lo que sus padres representan. Y también es la chica más viva de cualquier cuarto en el que entra. Gerwig las filma a las dos con la misma generosidad, sin resolverlas, porque en la vida real las personas tampoco se resuelven.

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Lo que Gerwig escondió de su propia vida en Lady Bird

Debajo de la historia hay capas personales que Gerwig fue depositando en el guion durante años —años en los que el libreto llegó a tener más de 350 páginas. El nombre Christine lo tomó del nombre de su propia madre. La profesión de Marion, enfermera, era la profesión de la mamá de Gerwig. Y el amor de Lady Bird por Nueva York viene de algo que la directora describió en el New York Times con una precisión que duele de lo bella que es: de niña recorrió Manhattan tomada de la mano de su madre, corriendo a su ritmo, sudando juntas, y en esos paseos aprendió que la ciudad podía sentirse como un hogar. Años después, cuando Gerwig llegó sola a Nueva York para estudiar en Barnard, hizo lo mismo que su mamá le había enseñado: caminar, caminar, caminar, aprender la ciudad a pie. «La ciudad se sentía como mi madre», escribió. «Nueva York se sentía como hogar porque se sentía como ella.»

Nada en la película sucedió literalmente en mi vida, pero tiene un núcleo de verdad que resuena con lo que yo sé.»— Greta Gerwig, en entrevista con Variety

Ese núcleo de verdad es lo que convierte a Lady Bird en una experiencia distinta cada vez que se ve. La primera vez uno se identifica con Christine. La segunda, con Marion. La tercera empieza a entender que la película habla del mismo amor desde dos ángulos distintos, y que la distancia entre esos ángulos es exactamente el espacio donde crecemos.

Lady Bird También tiene lenguaje cinematográfico que te hace sentir

Para quienes trabajamos en audiovisual, hay una lección de oficio aquí. Gerwig le pidió a su director de fotografía Sam Levy que la película pareciera un recuerdo. Una textura cálida, ligeramente imprecisa, como las imágenes que guardamos de la adolescencia: lo que importaba en esa época tenía mucha luz, y lo que dolía quedó un poco fuera de foco. Esa decisión estética define el tono de todo el filme. Porque así recordamos a nuestras madres en esos años: con emoción antes que con exactitud.

Al final, Lady Bird llega a Nueva York —exactamente donde quería estar— y llama a su mamá. Deja un mensaje en el buzón. Le dice que la quiere. Le dice que usa su nombre de verdad: Christine. El arco completo de la película cabe en esa llamada. Y si en ese momento sientes ganas de marcarle a alguien, Gerwig hizo bien su trabajo.

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