Un científico trasplanta un corazón de gorila a su hijo enfermo y lo convierte en una bestia que destripa mujeres en la Ciudad de México. Un vampiro persigue a El Santo entre cabareteras que, en la versión de exportación, aparecían sin ropa. Momias reales de Guanajuato levantándose para pelear contra luchadores enmascarados. Todo eso salió de la misma casa productora: Cinematográfica Calderón.
Durante décadas fue material de risa para la crítica mexicana. Hoy es objeto de restauraciones, retrospectivas y ediciones de coleccionista en Estados Unidos, Reino Unido y Japón. Esta es la historia de cómo el cine más barato de México terminó siendo el más citado afuera.
¿Qué fue Cinematográfica Calderón?
Fue la empresa familiar de los hermanos Calderón (Pedro Arturo, Guillermo y José Luis Calderón Stel) uno de los motores de la industria mexicana desde los años cuarenta. Su primera fortuna no vino del terror, sino del cine de rumberas y el melodrama de cabaret: produjeron Aventurera (1950), de Alberto Gout con Ninón Sevilla, hoy considerada una obra maestra del género y programada en festivales de cine restaurado.
Cuando ese ciclo se agotó, los Calderón hicieron lo que siempre supieron hacer: leer al público de barrio. Y ese público quería monstruos, sangre, luchadores y escote.
De las rumberas a los monstruos
A partir de los sesenta, con Guillermo Calderón Stell como productor de cabecera y directores como René Cardona, la casa se lanzó al fantaterror. Ahí nació la saga de Las Luchadoras: seis películas en las que mujeres del ring se enfrentan a científicos locos, momias, robots y mujeres pantera. La primera, Las luchadoras contra el médico asesino (1962), ya tenía el ADN completo: cirujano demente, trasplantes ilegales, un gorila de utilería y llaves de lucha libre.
La fórmula era eficiente: rodajes de dos o tres semanas, sets reciclados, guiones de Alfredo Salazar y, sobre todo, doble versión. Se filmaba una copia «familiar» para México y otra con desnudos y violencia explícita para el mercado extranjero. Esa decisión comercial es, curiosamente, la razón por la que hoy son de culto.

¿Por qué se volvió de culto?
Hay cuatro razones concretas:
- La exportación. El distribuidor estadounidense K. Gordon Murray compró, dobló y relanzó estas películas en cines de barrio y matinés gringas. Las luchadoras contra el médico asesino se convirtió en Doctor of Doom, y una generación entera de niños en Texas y Florida creció viendo monstruos mexicanos sin saber que lo eran.
- Las versiones prohibidas. La horripilante bestia humana (1969) circuló afuera como Night of the Bloody Apes / Horror y sexo, con desnudos y metraje de cirugía real insertado. Ese choque entre lo casero y lo insoportable la volvió leyenda del cine de explotación.
- El VHS y el grindhouse. En los ochenta y noventa, sellos gringos especializados en rarezas las reeditaron en video. De ahí pasaron a la mitología del cine bizarro que cineastas como Tarantino o Rodríguez ayudaron a canonizar.
- La revaloración desde México. En 2011 se hallaron copias de El vampiro y el sexo (la versión adulta de una película de El Santo) en la bóveda de la propia Calderón, y se programó en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara. Un archivo que se creía perdido entró por la puerta grande a un festival oficial.

5 películas para empezar
- Las luchadoras contra el médico asesino (1962, René Cardona). La puerta de entrada. Lucha libre, cirugía criminal y un gorila. Como Doctor of Doom en inglés.
- Las luchadoras contra la momia (1964). La secuela que suma egiptología de utilería al ring.
- La horripilante bestia humana (1969, René Cardona). La más extrema del catálogo: corazón de gorila, gore casero y metraje quirúrgico real. La joya negra de la casa.
- Santo en el tesoro de Drácula (1968/1969, René Cardona). El Santo, máquina del tiempo y vampiros. Su gemela adulta, El vampiro y el sexo, se exhibió públicamente hasta 2011.
- Las momias de Guanajuato (1972). Santo, Blue Demon y Mil Máscaras contra las momias del panteón municipal. El taquillazo que abrió una franquicia entera.



